Trampas en la profesión del Trabajo Social
Hay una trampa silenciosa en nuestro día a día profesional: confundir estar disponibles con estar comprometidas. En trabajo social, donde el vínculo, la urgencia y el cuidado forman parte del paisaje, esa trampa se disfraza con facilidad. Y muchas veces se cuela por un canal aparentemente “práctico”: el móvil.
Aquí es donde quiero sembrar una idea: la desconexión digital es derecho, pero también es autocuidado en trabajo social. No como slogan, sino como condición real para sostener la intervención, el criterio profesional y la salud.
Cuando el trabajo entra en el bolsillo con el móvil,
la jornada se vuelve elástica
Yo lo viví hace tiempo, trabajando en una entidad del tercer sector. Me vi obligada a estar en un grupo de WhatsApp donde el equipo se coordinaba a cualquier hora: mañanas, tardes, noches, fines de semana. Nadie lo decía explícitamente, pero el mensaje era claro: si no lo ves, si no respondes… estás fallando.
Y así, sin firmar nada, sin pactarlo, sin que mi contrato lo exigiera, me descubrí atada al trabajo. Mi móvil no era corporativo, pero mi descanso empezó a parecer “negociable”.
Pero normalizarlo no lo hace justo, solo lo hace costumbre.
Derecho a la desconexión digital: y también deber de autocuidado
El derecho a la desconexión digital existe para proteger el descanso, los permisos, las vacaciones y la intimidad fuera del tiempo de trabajo. Pero en trabajo social necesitamos añadir otra capa: si nos dedicamos a cuidar, el autocuidado en trabajo social no es opcional. Es un deber ético con nosotras y con las personas a las que acompañamos.
Porque cuando vivimos en “alerta constante”, se deteriora:
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la recuperación física y emocional,
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la capacidad de escucha,
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el criterio para decidir,
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y la sostenibilidad de la profesión (la de cada una y la del equipo).
Por eso, desconectar no es “desentenderse”, es proteger la intervención social, el acampañamiento que damos a la persona.
Desconecto para
protegerme y ser mejor profesional
El mito del “si no lo has visto, es falta”
Esa sensación de que si no respondemos estamos incumpliendo nace de tres confusiones muy frecuentes:
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Canal no es obligación. Que exista WhatsApp no convierte el chat en herramienta laboral 24/7.
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Rapidez no es calidad. Responder al instante puede bajar la calidad del análisis y aumentar errores.
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Disponibilidad no es profesionalidad. La profesionalidad también es poner límites, coordinar bien y cuidar la prevención.
El móvil personal no debería ser la infraestructura de una entidad
Aquí hay una línea roja ética y práctica: si el trabajo necesita mensajería y disponibilidad, que lo sostenga con recursos laborales (dispositivo corporativo, herramientas corporativas, tiempo reconocido). Si no, el coste lo paga nuestro bolsillo y nuestro descanso.
Y ese coste acaba siendo un coste para toda la intervención.
La desconexión digital no va de apagar el móvil: va de que el trabajo no colonice la vida.
Comunicación y límites: lo que podemos entrenar
Ahora que imparto Habilidades sociales y de la comunicación en el Grado de Trabajo Social, me interesa que esto no se quede en “qué injusto”, sino en habilidades concretas. Porque el autocuidado en trabajo social también se aprende: se nombra, se practica y se sostiene.
1) Nombrar el límite con claridad (sin pedir perdón por existir)
Frases simples, sin justificar de más:
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“Fuera de mi horario no atiendo mensajes laborales. Lo vemos mañana.”
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“Para coordinación prefiero el canal oficial (correo / Teams / herramienta de la entidad).”
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“No uso mi móvil personal para temas laborales.”
No es dureza: es claridad. Y la claridad es cuidado.
2) Acordar qué es “urgente” (y qué canal se usa)
Si todo es urgente, nada lo es. Nos ayuda pactar:
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qué entra en “urgencia real”,
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quién decide,
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por dónde se comunica,
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y qué tiempos de respuesta se esperan (solo en horario, salvo excepciones pactadas).
3) Crear nuestro “acuerdo digital” (mínimo viable)
Antes o durante un empleo, podemos definir:
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horario de respuesta,
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notificaciones del trabajo desactivadas fuera de jornada,
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separación de espacios (idealmente, dispositivo corporativo o número diferenciado),
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y un canal formal para lo importante.
Esto es autocuidado en trabajo social con forma de organización cotidiana.
4) Entrenar la comunicación incómoda (porque lo incómodo también se aprende)
Decir límites a veces da miedo: por la jerarquía, por el clima del equipo, por la precariedad. Por eso lo entrenamos: en tutorías, en clase, en supervisión, en role-play. Que poner límites no sea una habilidad “individual”, sino cultura de equipo.
Algunas ideas concretas para aplicar:
1) Ponerle nombre profesional al problema
En vez de “me agobia”, traerlo así:
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“Está generando disponibilidad no pactada.”
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“Está afectando al descanso y la recuperación.”
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“Es un riesgo psicosocial y un tema organizativo.”
2) Proponer soluciones concretas (no solo quejas)
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Protocolo de mensajería (horarios, urgencias, canales).
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Grupo solo corporativo o voluntario, con normas.
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Turnos de guardia si la entidad necesita cobertura (reconocidos y compensados).
3) Micro-límites cuando no podemos cambiarlo todo
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Silenciar el grupo fuera de horario.
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Responder al día siguiente: “Lo acabo de ver ahora, en horario.”
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Desactivar confirmaciones de lectura si reduce presión.
Aún así, este tema es muy personal y no siempre es fácil poner límites.
Pero lo importante es que te sientas acompañada y legitimada en esto.
¡Ánimo compañera!
En nuestra profesión de trabajo social, el autocuidado no es un lujo:
es una forma de justicia para con nosotras mismas.
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